¿Quién no es adicto?

Hoy quería compartir con vosotros este texto de Jeff Foster sobre la adicción. ¿Quién de nosotros no es adicto?:

Durante los últimos años he hablado con cientos de personas de todo el mundo que se autodenominan “adictos”. Seamos claros, no sólo los “adictos” son adictos. Todos somos adictos de diferentes maneras, al trabajo, al alcohol, a la pornografía, al juego, al sexo, al poder, a tener siempre la razón, a probar nuestra valía, a revisar nuestro correo electrónico cada 5 minutos.

Incluso, podemos hacernos adictos a las enseñanzas espirituales, a la meditación, a los gurús, a los retiros, a libros, a los satsangs. Pero la raíz de toda adicción es la misma – nuestra adicción hacia nosotros mismos. Nuestra adicción a mantener y a nutrir “mi” historia. Y subyacente a esto, nuestra adicción a salir de este momento, a escapar de las molestias buscando alguna clase de liberación. Nuestra adicción hacia el momento siguiente…IMG_5199.JPG

Recuerdo que de pequeño regresaba de la escuela sintiéndome a veces solo, triste e incomprendido, probablemente después de haber sido intimidado por mis compañeros o después de que se burlaban de mí en el autobús de la escuela. Llegaba directamente al refrigerador o a la despensa y, cuando nadie me observaba, me devoraba cualquier bocadillo que pudiera encontrar. La comida hacía que mi tristeza se fuera, o así parecía. Por unos pocos y preciosos instantes me sentía reconfortado, satisfecho, lleno – ya no había ese vacío en mí ni me sentía incompleto. Aparentemente la comida hacía que mi “hambre” desapareciera. Había llenado el vacío. Y mi estómago…

En realidad no quería comida, por supuesto, sino amor y aceptación. Comía para que el dolor de vivir desapareciera. Incluso a esa temprana edad, ¡comía para vivir! Pero, por supuesto, no tenía forma de articular esto en ese momento. ¡Simplemente me sentía hambriento! sólo tenía la urgencia de comer. No era realmente comida lo que yo quería – era amor, y vida. Tenía deseos de sentirme vivo. Estaba intentando y fallando al comerme la vida. Estaba tratando de comerme a mí mismo.

Ésta era un hambre cósmica, un anhelo muy profundo de ser tomado en cuenta, de ser incluido, de ser visto, de ser validado. Y si los otros no podían hacerlo, tal vez los chocolates sí. Todo eso era una expresión de una profunda hambre por la vida, hambre de recordar lo que yo era realmente – ese vasto océano de consciencia en donde las olas de pensamiento, sensaciones y sentimientos tienen absoluta libertad para surgir y desaparecer. Yo estaba ignorando mi verdadera adicción – con el deseo de recordar lo que yo era me estaba volviendo falsamente adicto a algo. Me tomó años y años darme cuenta de esto y empezar a enfrentar mi dolor en lugar de huir de él, a recordar en lugar de olvidarme de mí mismo, a descubrir que eso que realmente soy, jamás podría ser adicto a nada.

Más tarde, mis adicciones cambiaron hacia otros objetos y hacia otras personas y después, finalmente, todo este asunto se proyectó hacia mi búsqueda por la iluminación. La iluminación se convirtió en el objeto de adicción final. Vivía y respiraba enseñanzas espirituales hasta que empezaron a generar efectos secundarios. Pero no estuve satisfecho hasta que todo ese ciclo se rompió, justo en donde había comenzado.

Como individuos, todos somos adictos, en el sentido en que huimos del momento presente en cierto grado. Todos evitamos pensamientos y sentimientos, tratamos de no sentirlos, los ignoramos, nos distraemos de ellos, nos medicamos o meditamos o nos vamos de compras. Por un instante, pareciera como si la comida, el alcohol, el sexo, el gurú, la droga, la fama, tuvieran el “poder” de eliminar la tristeza, el dolor; el sentimiento de soledad, de vulnerabilidad y de aislamiento, y por último, la muerte misma.

Pareciera como si la persona, el objeto o la sustancia tuviera el poder de “arreglar” la vida. Pero, por supuesto, pronto el “efecto” desaparece, el “subidón” desaparece y luego viene una especie de bajón, una especie de culpa y todas esas olas rechazadas y no deseadas regresan, algunas con mayor intensidad, y estamos de vuelta en esa fuerte identificación.  Y después se nos antoja todo de vuelta. Posteriormente sentimos una mayor necesidad de la persona o de la sustancia. Y el ciclo continúa. ¿Qué es lo que rompe el ciclo?

RECONOCER NUESTRO MALESTAR EN LUGAR DE HUIR DE ÉL, aunque suene muy descabellado. Ahí es en donde el ciclo puede empezar a romperse. Entrar en comunión con esas olas antes rechazadas y darnos cuenta que todas ellas tienen un hogar en nosotros – la tristeza, la soledad, el miedo, la vulnerabilidad. Como el océano de la consciencia, somos lo suficientemente vastos para aceptar cada una de ellas.

Tienen permiso para llegar a nosotros, pero no pueden definirnos. Y así, enfrentar nuestros impulsos en lugar de evitarlos, encontrando una forma de estar con nosotros mismos en el ahora sin tener que movernos hacia un “futuro”. Así es como el mecanismo de la adicción puede empezar a disolverse.

Normalmente cuando surge algún impulso o urgencia, o tratamos de ignorarlo, tratamos de no sentirlo, o bien, actuamos sobre él. Solemos juzgar el impulso como malo o erróneo o incluso “enfermo”. Sin embargo, hay un punto medio – el encuentro del que yo hablo, esta profunda aceptación, este “estar con”, sin una agenda. Encarar el impulso o la urgencia hace que ésta desaparezca y se rinda sin tiempo, y además, sin daño. Sentarse con la urgencia, dejando que se queme, permitiendo que esté allí con toda su intensidad, y después observar cómo todos esos pensamiento e imágenes surgen – ya sabes, la imagen de un delicioso pastel de chocolate, de una cerveza; esa película del pensamiento en donde te ves felizmente comiendo o bebiendo, de cuando tus problemas han desaparecido, esas películas de una liberación y una salvación inminente, de amor, de paz – y permitiéndoles estar ahí también. Y estar ahí con todas las sensaciones que surgen, incluso las incómodas.

Y después también permitir la ira – con esa extraña superstición primaria de que si permitimos que la urgencia permanezca ahí terminaremos “actuando en consecuencia”, o que nos quedaremos “atascados” y nunca saldremos de ello, o que simplemente nos vencerá. Todos los juicios rondando. Sintiendo que necesitamos de inmediato “hacer algo” sobre esa urgencia. Y, después de todo esto, recordarte como ese amplio espacio abierto, el vasto océano de la vida en donde todas las olas ya han sido aceptadas. Y saber, después, que ninguna cantidad de alcohol, sexo, drogas, chocolate, palabras, imágenes o sentimientos puede generarte una profunda aceptación en este momento – porque eso es lo que tú ya eres y lo que siempre has sido. Aquello que tanto deseas, en un nivel más profundo,  ya está aquí. Tú ya eres eso que buscas, como todas las enseñanzas espirituales a través de los años nos han estado recordando.

Lo único que estamos haciendo es buscarnos a nosotros mismos, en millones de formas diferentes, y el chocolate o el alcohol o los casinos nunca han tenido el “poder” de llevarnos de vuelta a casa, nunca. Nuestros gurús nunca han tenido el poder que nosotros proyectamos en ellos.

Perdemos la fe en los gurús del cigarro y del alcohol, y regresamos a nosotros, confiando profundamente en nuestra propia experiencia una vez más, en una forma en que nunca pudimos hacer cuando éramos pequeños.

La adicción se deshace desde dentro. Ya que lo que somos está naturalmente en paz, naturalmente no-adicto, naturalmente completo, sin la necesidad de gente externa u objetos que lo complementen. Es aquí donde el círculo de la adicción – que es el ciclo del ser – puede ser roto, justo donde empezó. Esta es la exploración que toda adicción e indudablemente todo sufrimiento nos invita a hacer, independientemente de que nos veamos a nosotros mismos como “adictos” o no.

Jeff Foster

Texto encontrado en el blog compartiendoluzconsol.wordpress.com

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Los 5 obstáculos de nuestra mente

Hay pensamientos y emociones que se enredan en nosotros y crecen desmedidamente, como las malas hierbas del huerto. Nos impiden tener claridad, espacio interior para tomar las adecuadas decisiones, poniéndonos en riesgo de recaer cuando hemos superado un problema o una adicción. Nos distraen, sabotean nuestro propósito y nublan la conciencia

Conocer esos 5 obstáculos o malas hierbas de nuestra mente es fundamental:

  • Deseo sensual
  • Hostilidad
  • Pereza y letargo
  • Inquietud y ansiedad
  • Duda e indecisión

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Deseo sensual 

Es el deseo de ser feliz a través de nuestros sentidos. Vemos algo en un escaparate y lo deseamos, nos hace sentir bien comprarlo. Olemos un pan recién hecho y tenemos ganas de darnos ese placer…Hay un deseo sensual que nos empuja a satisfacer nuestras necesidades por medio de nuestras adicciones. También existe el deseo sensual de poseer bienes materiales, tener más dinero, el último móvil de diseño, etc

Los deseos de placer forman parte del ser humano, pero cuando son el centro de nuestra vida y controlan nuestra existencia se convierten en un problema.

El antídoto para el deseo sensual es la MODERACIÓN. Para ser más moderados hemos de apreciar la imperfección de la vida, pues la búsqueda de perfección multiplica los anhelos. Y como nada es perfecto nunca quedamos satisfechos.

Hostilidad

Cuando nos supera el deseo vehemente aparece la hostilidad o aversión, en forma de resentimiento, envidia, celos, agresión, odio o quejas.

Con ello nos castigamos y castigamos a otros. Tras una recaída en una adicción suele ser un estado mental frecuente

 

El antídoto de la hostilidad es el cultivo del amor , la compasión, el perdón  y la bondad. Una manera es aportarnos las 4 necesidades básicas del corazón: atención, afecto, aprecio y aceptación.

Inquietud y ansiedad

La inquietud y la ansiedad se manifiesta a través de preocupaciones en la mente, de un estado de insatisfacción, que nos agitan, deseando nuestra adicción para calmarnos.

Nos alejamos del contacto con la respiración y se nos acelera el corazón.

El antídoto de la inquietud es la presencia, la atención plena en nuestra respiración, sintiendo nuestro cuerpo gracias a prácticas de mindfulness en nuestra vida cotidiana.

Pereza y letargo

La pereza es una inercia del cuerpo y el letargo es el estancamiento de pensamientos y sentimientos.

La pereza es una dejadez muy marcada. Quizá hemos sido muy indulgentes con nosotros mismos o que no hemos sabido enfrentarnos a las acciones equivocadas que hemos cometido.

El letargo es un embotamiento de la mente y un desinterés con lo que ocurre a nuestro alrededor.

La pereza, el letargo y el cansancio se alimentan entre sí.

Hemos de trabajar para superar este obstáculo, levantarnos y saltar, salir al aire fresco, encontrar algo que nos inspire o nos motive. Crear un ritmo o rutina en nuestra vida nos hará mantener la energía y nos dejaremos llevar por la inercia de la pereza.

Necesitamos comprometernos con nuestra vida, sin permitirnos vivir en una indulgencia excesiva.

Duda e indecisión

La duda socava nuestra recuperación. La secuestra. La duda es el obstáculo que dice “no vale la pena. La recuperación no es para mí. Nunca lo lograré”

La duda nos impide comprometernos totalmente con nuestra recuperación.

El antídoto contra la duda es vivir de acuerdo a nuestros valores y prioridades

Haz una pausa para reflexionar:

¿Cuál es mi principal obstáculo?

¿Cómo se manifiesta en mi vida?

¿De qué obstáculo necesito alejarme para tener éxito en mi recuperación? ¿Qué puedo hacer?

Para poder afrontar los 5 obstáculos es muy importante la práctica de la meditación. Durante nuestra experiencia meditativa surgirán todos esos estados y podremos observarlos. Practicar el reconocimiento de esos obstáculos  mientras cultivamos una actitud de curiosidad ante ellos, y no tanto el resistirnos o querer eliminarlos. Hacernos conscientes de nuestras sensaciones de malestar, de sopor, o de inquietud en el momento presente que ocurren nos facilita observar nuestra tendencia a reaccionar automáticamente cuando aparece un deseo intenso de volver a  las conductas que nos dañan o nos alejan de nuestros objetivos.