Perfeccionismo, exigencia e ilusión de control

El perfeccionismo es la necesidad compulsiva de conseguir los objetivos respetando a rajatabla los ideales personales, con unas expectativas tan irreales que conducen a la decepción. Se ven las cosas en términos absolutos (o eres perfecto o eres un inútil) y te sientes insatisfecho contigo mismo.

Su aspecto positivo es la gran voluntad de dar lo mejor de uno mismo. Pero cuando la autoestima se basa en ser productiva y tener éxito, no se deja espacio al fracaso, y el esfuerzo se convierte en tiranía.

Exigirnos la perfección equivale a dar la espalda a la vida real. Es la ilusión de tener el control, y es una ilusión muy dañina, que fomenta la autocrítica y la culpa.

En el perfeccionismo hay una cierta oposición a la naturaleza de la vida que es percibida como caótica e impredecible, por lo que se recurre al control, al orden y la ley.

Se observa constantemente la diferencia entre el ideal (como deberían ser las cosas) y cómo son en realidad, entre lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo.

Se cree que hay una manera correcta de hacer las cosas: existe “la manera” y todo lo que no se ajuste es no válido (y en cierto modo censurable)

El perfeccionismo conlleva desarrollar la fuerza de voluntad, control y disciplina. Si consigues hacer las cosas bien “tienes derecho a que te quieran”.

Esta creencia se apoya en una experiencia vital de un amor condicionado a la buena conducta. Si de pequeño sientes que sólo por existir no sirves, no eres querido, tienes que cambiarte, saber cómo debes ser y conseguirlo. Debajo del perfeccionismo está la necesidad de que nos quieran y nos aprueben, “pues nadie rechaza a alguien ideal”.

“Con mucho, la mayor parte de las vidas humanas son destruidas por un exceso de autoexigencia” Max Frisch

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La autoexigencia además es una estrategia para no conectar con la vulnerabilidad. Y la vulnerabilidad constituye el germen de la iluminación. Cuando permitimos que la ternura de nuestro corazón madure nos conduce al corazón despierto.

La autocrítica es un comportamiento de seguridad, diseñado para garantizarnos ser aceptados dentro de nuestra familia, a la vez una conducta de sumisión, porque nos permite degradarnos ante personas imaginarias que emiten un juicio sobre nosotros. Es como si decidiésemos “Me voy a maltratar y a criticarme antes de que tú puedas hacerlo. Reconozco lo imperfecto que soy para que tú no tengas que despreciarme y decirme lo que ya se. Así sentirás lástima por mí en vez de juzgarme y me asegurarás que no soy tan malo como pienso”. Surge del deseo de no ser rechazado y abandonado (instinto básico de supervivencia) y del deseo de control.

La mejor manera de contrarrestar la crítica destructiva hacia uno mismo consiste en entenderla, sentir compasión por ella, y finalmente sustituirla por una respuesta más amable. Si nos permitimos conmovernos por el sufrimiento que experimentamos en manos de nuestra autocrítica. Podemos reconocer que los puntos débiles y la imperfección forman parte de nuestra experiencia humana. De este modo podemos sentirnos más conectados con nuestros compañeros de viaje en esta vida, tan imperfectos y vulnerables como nosotros. En lugar de intentar controlarnos a nosotros mismos y a nuestra propia vida para conseguir un ideal perfeccionista podemos tomar la vida tal y como es, con sus luces y sus sombras.

La felicidad se encuentra cuando nos dejamos llevar con el flujo de la vida, no cuando luchamos contra él. La auto-compasión puede ayudarnos a navergar por estas corrientes turbulentas con sabiduría y aceptación en el corazón.

“No puedes detener las olas, pero puedes aprender a surfear”

Jon Kabat-Zinn

Más allá de la autoestima: la autocompasión

La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entoces puedo cambiar

Carl Rogers

Thich Nhat Hahn: “Eres una manifestación maravillosa. Todo el universo se ha unido para hacer posible tu existencia”

La compasión hacia uno mismo no pretende capturar y definir la valía o la esencia de quienes somos. No es un pensamiento o una etiqueta, ni una crítica o valoración. La compasión es una manera de relacionarnos con el misterio de quienes somos, respeta el hecho de que todos los seres humanos tenemos puntos fuertes y débiles.

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En lugar de perdernos en pensar si somos buenos o malos, tomamos conciencia de la experiencia del momento presente y nos damos cuenta de que todo cambia constantemente, todo es transitorio. Los éxitos y los fracasos vienen y van, no nos definen ni determinan nuestra valía. Sólo son una parte del proceso de estar vivo. Nuestra mente puede intentar convencernos de lo contrario, pero nuestro corazón sabe que la verdadera valía radica en la experiencia fundamental de ser una persona consciente que siente, percibe y ama.

A diferencia de la autoestima, los buenos sentimientos de la compasión no dependen de ser especial ni de alcanzar los objetivos ideales. En lugar de compararnos con los demás, nos centramos en lo que compartimos y nos sentimos más conectados y completos. Los buenos sentimientos de la compasión no desaparecen cuando metemos la pata y somos imperfectos. Cuando la inconstante autoestima nos abandona, el abrazo de la compasión siempre está allí.

La compasión hacia los demás implica:

  • Reconocer y ver claramente su sufrimiento
  • Sentir bondad hacia los que sufren, surgiendo de nosotros un deseo de aliviar su sufrimiento
  • Aceptar que el ser humano es imperfecto y frágil

La compasión hacia nosotros mismos tiene las mismas cualidades.

Emplear la Auto-compasión es como hacer mágia, pues transforma el sufrimiento en alegría. Se da la Alquimia emocional: Cuando aceptamos nuestro dolor con afecto y atención, cuando nos dedicamos compasión hacia nosotros mismos, el nudo de la autocrítica empieza a desacerse para ser sustituido por un sentimiento de aceptación tranquila y conectada. Se produce una transformación espiritual y emocional, como si nuestra esencia, nuestro diamante, surgiera del carbón.

Cuando decidimos abrazar nuestra naturaleza humana imperfecta con compasión, todo cambia. Al responder a nuestro dolor con cariño y conexión, calmándonos y consolándonos cuando nos enfrentamos a nuestra imperfección, creamos nuevas emociones positivas que no estaban ahí un segundo antes:

En lugar de sentirnos incompetentes, nos sentimos capaces y conectados al recordar ese aspecto compartido de la experiencia humanaimages.jpeg

En lugar de limitarnos a sentir tristeza, sentimos esa tristeza pero también ternura al preocuparnos por una herida que hay que curar.

En lugar de limitarnos a sentirnos asustados, sentimos ese miedo pero también nos consolamos con cariño y atención.

Abrazamos nuestras emociones negativas con el calor de los buenos sentimientos. Porque en cada momento de angustia se agazapa el potencial de la satisfacción. El dolor puede convertirse en la puerta de la felicidad, ya que sentirnos amados, cuidados y conectados es lo que nos hace verdaderamente felices.

“Los seres humanos deseamos la felicidad por naturaleza y no queremos sufrir. Por este motivo todo el mundo intenta conseguir la felicidad y librarse del sufrimiento, y este es un derecho fundamental para todos. Si tenemos en cuenta el verdadero valor de un ser humano, todos somos iguales” Dalai Lama

Es decir, no tenemos que ganarnos el derecho a la compasión, ya que nacemos con él

TRES ELEMENTOS DE LA COMPASIÓN

La compasión hacia uno mismo abarca tres elementos fundamentales:

  1. Bondad hacia uno mismo, ser amable y comprensivo.
  2. Reconocer nuestra humanidad compartida. Sentirnos conectados con los demás.
  3. Atención plena, Presencia o Mindfulness

1. La bondad hacia uno mismo consiste en dejar de juzgarse y emitir comentarios internos denigrantes, entender nuestros puntos débiles y nuestros fracasos en vez de condenarlos, y además consiste en consolarnos activamente.

En lugar de maltratarnos sin piedad cuando fallamos tenemos otra opción: reconocer que todo el mundo se equivoca y tratarnos con amabilidad. Cuando nos envolvemos en el cálido abrazo de la bondad hacia nosotros mismos, nos sentimos sanos y salvos.

Para ser amables con nosotros mismos debemos ser conscientes de nuestro monólogo interior y emplear un lenguaje empático, no crítico.

2. Nuestra humanidad compartida.

“Un ser humano es parte de un todo al que llamamos Universo. El hombre se experimenta a sí mismo, a sus pensamientos y sentimientos como algo separado del resto (una especie de ilusión óptica de su conciencia). Esta ilusión es como una prisión, que nos encierra a nuestros deseos personales y en el afecto a las personas más cercanas. Nuestra tarea debe ser escaparnos de esta prisión y ampliar nuestro círculo de compasión, para abrazar a todas las criaturas vivientes y a toda la naturaleza en su belleza. Nadie puede lograr esto por completo, pero el esfuerzo por conseguirlo es, en sí mismo, una parte de la liberación y la base de la confianza interna” 

(Einstein)

El sentimiento de compasión surge del reconocimiento de que la experiencia humana es imperfecta. Todos los seres humanos somos falibles. Cuando estamos en contacto con nuestra humanidad común recordamos que los sentimientos de inadaptación y decepción son compartidos.

Cuando nos juzgamos a nosotros mismos por nuestros defectos damos por sentado que existe una entidad separada y claramente delimitada que llamamos “yo” que es la culpable de nuestros fracasos, pero lo cierto es somos la expresión de millones de circunstancias previas que se han unido para darnos forma en el presente.

A veces nos culpamos porque querríamos creer que tenemos el control. Nos asusta reconocer la interconexión esencial que te hace admitir que el control sobre mis pensamientos y actos es sólo una ilusión.

Al reconocer la naturaleza compartida de nuestra imperfección, la compasión hacia uno mismo aporta el sentimiento de conexión necesario para avanzar y desarrollar todo nuestro potencial.

3. La Atención Plena o Mindfulness

Es el tercer elemento clave para despertar nuestro corazón.

Gracias a la Atención plena afrontamos la realidad, vemos las cosas como son, de forma clara, sin críticas, con aceptación del momento presente.

El mindfulness nos sitúa en el momento presente y nos aporta la toma de conciencia que forma la base de la auto-compasión. Como un estanque transparente y tranquilo, sin ondas, el mindfulness refleja los hechos sin distorsiones.

En lugar de perdernos en “nuestro culebrón particular”, nos permite observar nuestra situación con perspectiva y nos ayuda a no sufrir innecesariamente. Para que no nos pase como a Montaigne, el filósofo frances:

 “Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron” 

Cuando eres consciente de que estás experimentando determinados pensamientos y sentimientos dejas de estar perdido en la trama de tu vida.

Imaginemos un pájaro volando en el cielo. El pájaro representa un pensamiento o emoción que estás experimentando en este momento, y el cielo representa el mindfulness, que contiene el pensamiento o emoción. El pájaro podría empezar a hacer giros inesperados, bajar en picado, etc. pero el cielo seguiría ahí, imperturbable. Cuando nos identificamos con el cielo en lugar de con el pájaro (cuando nuestra atención se deposita en la conciencia misma y no en el pensamiento o emoción que se desencadena dentro de esa conciencia), permanecemos tranquilos y centrados.

Así nuestro sentido del “Yo” deja de estar atrapado y de verse arrastrado por el contenido de la conciencia; permanece centrado en la conciencia misma. Podemos sentir ira, sin pensar que esa ira nos definen. Yo soy aquel que observa lo que pasa, no las cosas que pasan. Las cosas que pasan ni son yo, ni me pertenecen a mí. No soy la ira, ni la maldad. Soy el que observa esa emoción que pasa por mí.

El auténtico tesoro que nos ofrece el mindfulness es que nos brinda la oportunidad de responder en lugar de limitarnos a reaccionar. Cuando somos capaces de reconocer lo que sentimos en el momento presente, podemos impedir que esos sentimientos nos lancen a la acción.

A través de la meditación o el mindfulness podemos salir de lo que en budismo se denomina “samsara” o apariencia ilusoria de la realidad, que se deriva del continuo hábito de dividir en dos el campo de la experiencia y suponer que el ego que observa es algo separado del resto. Con la meditación podemos acceder a un conocimiento directo de la totalidad

El Maestro Tailandés Ajahn Chah dice:

“Aparezca lo que aparezca en tu mente obsérvalo. Examina cómo los sentimientos y pensamientos van y vienen, no te aferres a nada. Se consciente de lo que ves, sea lo que sea. Y no creas que nada de eso eres tú. Todo es solamente una visión, una construcción de la mente”

¿De dónde surge nuestro sufrimiento?

El sufrimiento surge de comparar nuestra realidad con nuestros ideales. Como hay pocas posibilidades de que la realidad encaje con nuestros ideales, el sufrimiento es omnipresente.

El sufrimiento aparece cuando nos resistimos al dolor. No podemos evitar el dolor, pero no tenemos que sufrir debido a ese dolor.

El sufrimiento tiene una fórmula matemática, es igual al dolor por nuestra resistencia. Cuanto más nos resistimos a lo que ocurre en el momento presente, más sufrimos.

El dolor es como una sustancia gaseosa. Si permites que simplemente esté ahí, libre, acabará disipándose por sí solo.

Si luchas contra el dolor y te resistes a él, lo encierras, la presión aumentará más y más hasta que se produzca la explosión.

Con la Atención Plena, con la meditación, podemos distinguir aquellos aspectos de nuestra experiencia que podemos cambiar y los que no. La oración de la serenidad de Alcohólicos Anonimos describe bien esta idea:

Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,

valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar,

y sabiduría para reconocer la diferencia

La belleza de la compasión radica en que en lugar de sustituir los sentimientos negativos por otros positivos, se generan nuevas emociones positivas aceptando las negativas.

“El sufrimiento solo se cura soportándolo hasta el final

Marcel Proust

La transformación en guerreros despiertos

¿Cómo despertamos nuestra compasión?

Con la máxima budista de “Tres objetos, tres venenos y tres semillas de virtud”

En las enseñanzas budistas, a los asuntos turbios se les llama klesha, que significa veneno, y hay tres venenos promordiales: la pasión (deseo ansioso), la agresión (aversión) y la ignorancia (no me importa nada).

La instrucción esencial de la enseñanza Lojong es, paradójicamente: hagas lo que hagas, no trates de que estos sentimientos indeseados desaparezcan.

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Las personas y las situaciones de nuestras vidas siempre activan nuestra pasión, nuestra aversión y nuestra ignorancia. Unas cosas (objetos) nos resultan agradables, otras desagradables y con otras sentimos neutralidad.

Estos tres venenos pueden ser tres semillas para florecer. Hagas lo que hagas, no intentes hacer que desaparezcan los venenos, porque si lo consigues perderás tu riqueza junto con tu neurosis, y todo este material turbio es tu riqueza.

¿Cómo convertir esta idea en algo práctico?

Cuando una persona “x” pasa por tu lado y activa uno de los tres venenos, cuando surge un sentimiento, podrías considerarlo como si una pequeña campana sonara en tu cabeza: aparece una oportunidad para despertar tu corazón, para volver al presente. Pueder reconectar contigo, con tu corazón, ya que los venenos suelen hacer surgir nuestras defensas. Y la forma de reaccionar si no despertamos es acorazando nuestros corazones.

¿Cómo sería una reacción habitual ante un veneno?

Generalmente lo que hacemos es o bien exteriorizar ese impulso (atacar física o mentalmente a “x”) , o reprimirlo (reprimimos nuestros sentimientos). Ambas son las maneras de no conectar nunca con nuestra vulnerabilidad, con nuestra sensación de apertura, con la dimensión fresca de nuestro Ser, con nuestra compasión.

Al actuar o reprimir se intensifica el sufrimiento o la confusión.

Cuando estos venenos surgen la consigna sería abandonar la historia, usar la situación como una oportunidad de sentir tu corazón, tu herida. Una oportunidad de tocar tu punto delicado. Porque debajo está nuestro Corazón.

Si alguién viene y dispara una flecha a tu corazón no sirve de nada quedarte allí gritándo a esa persona, o hacer que no notas nada. Sería mucho mejor dirigir tu atención al hecho de que tienes una flecha en el corazón, y relacionarte con esa herida.

Una clave para desarrollar la compasión es usar todas las circunstancias desfavorables y no deseadas de nuestra vida como material para despertar. De este modo nos transformamos en un Guerrero Despierto, que cultiva la valentía y la compasión. Como guerreros cultivamos la honestidad y la visión clara, porque cuanto más conocemos nuestros propios estados internos, más entendemos los estados de los demás.

Al descubrir un árbol envenenado, algunas personas sólo ven el peligro. Su reacción inmediata es “vamos a cortarlo antes de que nos haga daño, antes de que alguien coma sus envenenados frutos” Lo cual es semejante a nuestra respuesta inicial a las dificultades que surgen en la vida, cuando nos topamos con la agresión, la compulsión, la ambición o el temor; cuado nos enfrentamos con el estrés, la pérdida, el conflicto, la depresión, la pena por nosotros mismos o por los demás. Nuestra respuesta inicial es huir, diciendo: “El veneno nos aflige, vamos a cortarlo, a desenraizarlo, escapémonos de él”

Otra persona, que ha ido un poco más lejos en el camino espiritual, descubre el árbol envenenado pero no se aproxima con aversión, diciendo: “No cortemos el árbol, tengamos compasión de él” Por lo que, llenos de cariño, construye una valla rodeando al árbol para que los demás no se envenenen y, a su vez, el árbol siga viviendo. Esta segunda variante muestra una clara variante entre el juicio y el temor y la compasión.

Finalmente, una tercera persona que ha viajado todavía más lejos en el camino del conocimiento, ve e mismo árbol y desde una mayor sabiduría dice: “Oh, un árbol envenenado. ¡Perfecto, justo lo que buscaba! Este individuo toma la ruta envenenada, investiga sus propiedades, las mezcla con otros ingredientes y utiliza el veneno como una estupenda medicina para curar a los enfermos y transformar los males en el mundo. Ésta es la vía del corazón.” Cuento Tradicional

Propongámonos sentirnos agradecidos a todos y a todo: Hagamos las paces con todos los aspectos de nosotros mismos que hemos rechazado y así también hacemos las paces con las personas que nos incomodan.

Si observamos a aquellas personas que no nos gustan y los describimos descubriremos una lista de cualidades que rechazamos en nosotros mismos y proyectamos al mundo interno (nuestras sombras). Según las enseñanzas Lojong, las demás personas activan en nosotros el karma que no hemos resuelto. Nos reflejan y nos dan la oportunidad de hacernos amigos de nuestras sombras. Son nuestros maestros.

El arte del sufrimiento y la felicidad

Thich Nhat Hanh, en su paso por Madrid en este 2014, nos habló del arte de manejar el sufrimiento como modo de alcanzar la felicidad:
Sin sufrimiento no es posible es la felicidad. Cuando cultivas flores de loto, necesitas lodo. La felicidad necesita también algo de fango, de lodo para surgir. Escuchando, observando profundamente, surge más comprensión y compasión. He ahí los dos fundamentos de la felicidad. Ésta viene del lodo del sufrimiento. Hay una conexión muy profunda entre el dolor y la felicidad, así como entre el fango y el loto. Si huimos siempre del sufrimiento, no nos liberaremos de él. El sufrimiento es esencial para alcanzar la comprensión y el amor. Si sabemos cómo manejar el sufrimiento en nuestro interior, si sabemos cómo sufrir, sufriremos menos que otras personas. El sufrimiento es un arte. Si sabemos utilizar nuestro sufrimiento, podemos crear felicidad para nosotros y para quienes nos rodean.Thich Nhat Hanh

Cuando estás en contacto con tu sufrimiento y el de los otros, emerge la compasión. Somos una gota en el corazón de un río. Dejamos que este río nos lleve como gota de agua. Si tienes algún dolor ansiedad o angustia, permite ser arrastrado por la energía de la compasión colectiva, como una gota de agua en la corriente colectiva.
Thich Nhat Hanh, conferencia en abril 2014, en Madrid

Despertar nuestro corazón con la Compasión

Según el budismo, el ser humano debe desarrollar igualmente dos cualidades: compasión y sabiduría.

La compasión y la sabiduría son los dos aspectos de la naturaleza despierta o iluminada. La compasión sin la sabiduría deviene en mero sentimentalismo; la sabiduría sin compasión se vuelve fría e inconmovible. Se necesita de ambas alas para que la conciencia pueda desarrollar plenamente su vuelo. Los Bodhisattvas budistas unen la compasión a la sabiduría para descubrir al Buda que se oculta detrás del sufrimiento de los seres humanos.

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Cuatro son las denominadas “emociones sublimes” en el Budismo:

– metta, amor benevolente o bondadoso

– karuna, compasión

– mudita, regocijo

– upekkha, ecuanimidad.

Metta o amor bondadoso, es la habilidad que nos permite relacionarnos con todo lo que nos irrita o desagrada, tanto de nosotros mismos como de nuestro entorno. Cuando tienes metta, no te estás cegando con un ideal, sino que tratas de ver el aspecto desagradable de una situación, de una cosa, de una persona o de ti mismo sin añadirle nada. Metta es también un tipo de paciencia y amabilidad, un estar dispuesto a vivir con las cosas desagradables, sin pensar en lo horribles que son, y sin dejar que el deseo de liberarse de ellas nos domine. Es una respuesta apropiada a la vida. No es un tipo de simpatía suave sino un estado de alerta, una sensibilidad ante el dolor, el placer y otras situaciones que tenemos que soportar.

Karunà o Compasión es un estado mental que hace que el corazón de los seres sensibles se conmueva cuando percibe y siente que hay sufrimiento en los demás. Es un deseo genuino de aliviar el sufrimiento en los otros. Incluye a todos los seres, humanos y no humanos. La verdadera compasión nace de un sentido saludable del sí mismo, de una conciencia transparente y equilibrada del quiénes somos. La verdadera compasión surge del sentimiento de que poseemos la valerosa capacidad de abarcarlo todo, de comunicarnos sin diferencias entre todos los seres, todas las cosas. Esta es la ley de la empatía universal donde experimentamos que “en el verdadero yo, están los demás.”

“Cuando tu miedo toca el dolor del otro, se convierte en lástima.
Cuando tu amor toca el dolor del otro, se convierte en compasión.”

Mudita o regocijo es la alegría empática, es la felicidad que sentimos al ver a otros ser felices. Esta libre de toda envidia y llena de pura felicidad por el bienestar de todos los seres sintientes.Es un estado que se consigue cuando nos alegramos de las buenas cualidades y circunstancias de los demás, y está estrechamente relacionado con la compasión.

Upeksha o ecuanimidad no es la simple ausencia de algo. Implica, en sí, una calidad y un estado positivo y vibrante”. Es sentirnos realmente plenos; pero no porque todo es como queremos que sea, sino por el simple hecho de que las cosas son.

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Según Vimalakirti Sufra:

“La compasión de la Bodhichitta genera un tipo de amor que constituye el verdadero refugio para todos los seres vivos: 

un amor sereno que trasciende todo intento de apresar algo;

un amor sosegado que está más allá de toda pasión;

un amor ecuánime que coincide con la misma realidad;

un amor que no pretende nada porque está más allá del apego y del rechazo;

un amor no dual porque no depende de lo externo ni de lo interno;

un amor que es inmutable porque está más allá del más allá”

Bodhi significa nuestra esencia iluminada, y cîtta significa corazón. De modo que Bodhichitta podemos traducirlo como “el corazón de nuestra mente iluminada”, o “Corazón Despierto”.

La Bodhichitta o Corazón Despierto tiene tres cualidades:

Compasión: es suave y delicada.

Claridad: Es clara y afilada, como la sabiduría

Apertura: Es abierta, llena de vacio.

La Bodhichitta es nuestro corazón herido y suavizado

¿Dónde se puede encontrar este corazón abierto? Aparece debajo de la sensación de ternura y tristeza que experimentamos cuando aceptamos atravesar aquellas sombras que no queríamos ver

Cuánto más profundo cave el dolor en vuestro corazón, más alegría podréis contener. ¿No es la copa que guarda vuestro vino la misma copa que se fundió en el horno del alfarero?

Kahlil Gibran, El Profeta

Según las prácticas Lojong del budismo, nos podemos hacer amigos de lo que rechazamos, de lo que consideramos “malo” de nosotros mismos. A la vez aprendemos a ser generosos con lo que consideramos “bueno”. De este modo va madurando nuestra Bodhichitta o Corazón despierto.

Si sientes dolor puedes aprender a mantenerte en tu lugar y acercarte más a ese dolor. Esto invierte nuestro hábito, que consiste en resistirnos y escapar de las sensaciones displacenteras que pueden romper nuestra autoimagen. Es aprender a abrazar aquello que no deseas.

Si sientes algo que te gusta, podemos pensar en otras personas y desear que también ellas sientan lo mismo: aprender a ser generosos con nuestra alegría, con nuestra riqueza, con nuestras comprensiones. Nos desapegamos, compartimos.

Tanto los aspectos placenteros como los dolorosos son claves para desarrollar la compasión y despertar nuestro corazón. Nuestra vida cotidiana se convierte en un camino para despertar.

Pero lo fundamental para desarrollar la compasión es la práctica meditativa. Sin esa base no tenemos nada sobre lo que construir, pues no tendríamos acceso ni a nuestra locura ni a nuestra sabiduría.

La práctica de la meditación es una manera formal de acostumbrarnos a estar más ligeros: nos centramos en soltar el aire y contemplamos nuestros pensamientos como si fueran burbujas, que al etiquetar con la palabra “pensamiento” se disuleven en el aire como si fueran tocados por una pluma. No tiene cabida la perfección, sólo la sinceridad de habernos “ido”.

Para despertar el corazón empezamos a dejar que los opuestos coexistan sin intentar liberarnos de nada, sino que observamos y estamos atentos, y alimentamos el hábito de abrirnos a cualquier cosa que esté ocurriendo, incluyendo el hecho de que nos estamos cerrando.

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