Las 7 actitudes de la práctica mindfulness

 

Aceptación

Se trata de aceptar el fluir de la vida, reconocer lo que hay en el presente como es, no como me gustaría que fuera. No es resignación, sino no resistirse a lo que “es” tal y como “es”. No es tampoco renunciar a cambiar las cosas en el futuro, pero sí acogerlas como son en el presente. Sin evitar o huir de ellas, sino permaneciendo con ellas. Se trata de reconocer la realidad, de decir “sí” a lo que es, de sintonizar con lo que hay ahora tal y como es.  La aceptación supone aflojar y abrirse a lo que tenemos ante nosotros. Abandonar la lucha. Al dejar de negar y luchar con las cosas tal y como son, descubres en tí una mayor energía para sanar y transformar después lo que has hecho consciente.

En lugar de negar nuestro problema, racionalizarlo o evitarlo, podemos acoger lo que nos ocurre en este momento con benevolencia y observar sus raíces. Al darme cuenta con aceptación puedo dejar de actuar automática e inconscientemente

Soltar

Nuestro ego, respondiendo a pautas de supervivencia en las que el poseer es sinónimo de supervivencia, se aferra pensando que, en el retener, se acerca a la felicidad: cuanto más posea, más compre, cuanto más controle, cuanto más consiga, será más feliz, estará más seguro. Nos lleva a mantener conductas compulsivas como comer y comprar en exceso, beber, mantener relaciones tóxicas, el juego patológico para conseguir más dinero rápidamente…

Poseer, retener, controlar son cuestiones a observar desde la evidencia de que nada permanece. Este apego es el origen del sufrimiento. Tomar la impermanencia como referencia y permitirnos fluir.

 

No juzgar

La mente funciona por naturaleza dividiendo y etiquetando, estableciendo clasificaciones funcionales del tipo bueno-malo, bello-feo, deseable-evitable. Su entrenamiento básico ha sido establecer este tipo de divisiones para aprender a manejarse en el mundo mientras crecíamos. La costumbre de categorizar y enjuiciar las experiencias nos encierra en patrones de reacción y pensamientos, sentimientos y comportamientos repetitivos, de los que la mayoría de las veces no somos conscientes. De hecho, el juicio nos separa de la experiencia directa del momento y de la cambiante realidad de las cosas. Mindfulness propone precisamente situarse en la ecuanimidad para permitir que la experiencia se despliegue momento a momento.

Confianza

Confianza en uno mismo y en la vida que nos sostiene. A medida que practicamos la atención plena, nos damos cuenta de que somos nosotros mismos los que mejor sabemos “qué es lo que cada momento nos trae”. Confiar en los propios recursos, en la propia autoridad, en lugar de buscar esa autoridad fuera de uno mismo, en nuestros familiares, maestros o expertos, que si bien pueden ser una referencia no han de sustituir o anular nuestro propio criterio y sentir.

Curiosidad o mente de principiante

Consiste en la actitud de quien observa algo con sumo interés y sin dejarse arrastrar por experiencias, recuerdos o etiquetas previas, como si lo experimentara por primera vez. Esta curiosidad nos impulsa a explorar, investigar y permitirá que descubramos nuevos matices. Atentos a lo que sucede en este preciso instante, a la novedad, con curiosidad y respeto ante aquello que se nos revela por primera vez. Sentir que cada momento es único nos permite acceder a la experiencia directa, como algo único e irrepetible.

Distensión

La actitud de distensión supone evitar un esfuerzo desproporcionado, evitar la tensión que se puede derivar cuando nos fijamos metas elevadas y tenemos expectativas. Practicar mindfulness implica practicar el “ser”, no el “hacer”. En realidad consiste en permitir que suceda lo que está sucediendo, otorgándole una consciencia clara y sin juicio. Por eso, no se trata de esforzarse por cambiar algo de lo que aparece, sino simplemente de estar con ello tal y como aparece y la paradoja es que, al no pretender cambiarlo, al no invertir esfuerzo y energía en transformarlo, el cambio comienza a “suceder”.

Paciencia

La completa apertura al momento requiere paciencia, aceptar que cada evento ocurra a su propio ritmo. Se sostiene en una sabiduría natural, la de reconocer que todo tiene un ciclo vital que es necesario respetar y del que podemos extraer enseñanzas importantes. La paciencia conlleva hacer consciente la tendencia a apresurarnos a cada instante, deseando que llegue el siguiente.

Amor y Compasión

Es importante que la observación esté imbuida de una actitud amorosa y cordial, no de exigencia o prepotencia. Algunos autores llaman a esta actitud compasión. Lo que observamos, ya sea en nuestro interior o exteriormente, es algo muy querido, porque es precisamente lo que nos ha tocado vivir. Nos aproximamos a vivir la experiencia desde el amor.

Anuncios

¿Cómo identifico que tengo hambre emocional?

Te invitamos a responder a las siguientes preguntas:

¿Es tu primer impulso abrir la nevera cuando estás enfadado, molesto, solo, estresado, cansado o aburrido?

¿La comida recompensa en algunos momentos tu estado de ánimo?

¿Te sientes impotente o fuera de control en presencia de comida deliciosa?

¿Es la comida como un amigo, algo que te da seguridad?

¿Te has comido una bolsa de patatas, nachos, etc. sin prestar atención a su  sabor, o a la cantidad?

¿Te sientes culpable después de comer?

¿Alguna vez comes simplemente para llenar un vacío?

¿Comes hasta sentirte mal de la cantidad ingerida?

Si la contestación es afirmativa a alguna de estas preguntas ya has experimentado en tí mismo lo que es la alimentación emocional.plato.png

El hambre emocional  se caracteriza por su aparición súbita, nos suele llevar a ingerir alimentos que son reconfortantes , normalmente cereales o dulces que asociamos inconscientemente con los alimentos de nuestra primera infancia, cuando mamá nos cuidaba y reconfortaba. Es un hambre que no respeta el tiempo ni la hora del día y que exige que comas en ese mismo momento. Puede aparecer en cualquier instante y persistir incluso tras haber comido. El hambre de corazón nos lleva a comer sin pensar, en grandes cantidades, de modo inconsciente. Posteriormente nos sentimos vacíos emocionales, con la tripa demasiado llena e incluso culpables.

La alimentación emocional es un hambre normal que está en todos nosotros, pero cuando es muy dominante se convierte en el terreno de los comedores compulsivos, de aquellos que hacen dieta constantemente o padecen anorexia y bulimia.

 

Comprendiendo el hambre de corazón

Las luchas internas son acalladas con frecuencia a base de llenarnos la boca de comida para no pronunciar palabras cuya carga emocional puede asustarnos; palabras que se refieren a cosas que no nos permitimos sentir. La boca que se cierra y se abre a la comida es la misma boca que quiere hablar.

Con la comida conseguimos rebajar una tensión que nos molesta. Nuestra relación con la comida y los problemas  que tenemos con ella se convierten en un vehículo para comunicar asuntos del corazón que a veces no disponen de otro canal de expresión.

El lenguaje de la comida es un lenguaje simbólico, una forma de expresar luchas emocionales, ambivalencias, sentimientos de vacío, de vulnerabilidad y necesidad de protección, de deseo y desesperación.

Cuando no podemos expresar lo que sentimos transformamos lo emocional en físico, del corazón lo llevamos al estómago: tengo hambre o no quiero ingerir nada. El lenguaje está lleno de referencias a esta mezcla entre sentimientos y alimentación: `No me lo puedo tragar”, refiriéndonos a algo que rechazamos; “se me revuelve el estómago“, cuando sentimos asco por algo; “tengo mariposas en el estómago”, cuando tenemos angustia.

Cuando aparecen problemas con la comida, convendría reflexionar sobre qué estado de ánimo nos provoca el hambre o la inapetencia; qué deseos, ambiciones, decepciones o fantasías se ocultan tras esos actos que nos llevan a deglutir o a rechazar el alimento. Es inútil perder el tiempo y las energías controlando obsesivamente la dieta, cuando el peso del conflicto se desarrolla en el mundo de los afectos. En muchas ocasiones comer se convierte en una metáfora entre la forma en que vivimos y la manera en la que gestionamos nuestras emociones.

Saciar nuestra hambre emocional conlleva un provechoso  pero intenso viaje a nuestro interior donde comprender y desenmarañar nuestra relación con la comida, con nuestros afectos y emociones, con nuestro cuerpo, con el amor, con la vida.

 

Si necesitas ayuda para sanar tu hambre emocional ponte en contacto con nosotros

 

Sacia el hambre de tu corazón

La mejor manera de salir del laberinto de la alimentación emocional es aprender a tomar las riendas  de nuestra vida, de nuestro estado de ánimo. Es aprender a responder a lo que nos sucede en vez de simplemente reaccionar. Aprender … Sigue leyendo

Mindfulness y bulimia

¿En qué puede ayudarme el mindfulness si sufro un trastorno de la alimentación o una adicción?

atención plena
El mindfulness o Atención Plena tiene enormes beneficios y se emplea de forma terapéutica para tratar conductas adictivas . La tragedia de las adicciones es que las personas recurren a una sustancia, comida o distracción para liberarse de su sufrimiento, pero terminan en un círculo vicioso en el que se crea más sufrimiento y avidez.

El mindfulness nos aporta un gran aliado para la recuperación que es la respiración. Conectar con la respiración puede ayudarnos a hacer una pausa y desacelerar. Aprendemos a vivir con más calma.

Nos ayuda a comprender cómo operan nuestras mentes, nuestros corazones y cómo creamos sufrimiento frente a los momentos de dolor. Mejora nuestro estado de ánimo, nos reduce el estrés, mejora nuestra memoria y la habilidad de gestionar nuestras emociones, al hacernos más conscientes de lo que nos rodea. Las emociones y pensamientos dejan de secuestrarnos. Pasamos de reaccionar a responder

Los estudios ponen de manifiesto que la práctica de la atención plena produce cambios físicos duraderos a corto, medio y largo plazo en la estructura interna del cerebro. Estos cambios permiten una mejor integración de la información, una mayor flexibilidad de respuestas y una reducción de las consecuencias negativas del estrés en nuestra salud física y emocional.

Reduce la dispersión cognitiva y la inestabilidad emocional, propia de la red neuronal por defecto, que se activa automáticamente cuando no hay un enfoque de atención sostenido. Una red de neuronas que se activa de forma aleatoria, consumiendo más energía que la que se necesita cuando la atención se enfoca de forma deliberada.

Se activa entonces el área prefrontal izquierda del cerebro, reduciendo la impulsividad y la reactividad emocional, a la vez que se potencia la sensación de bienestar. Ayuda a desarrollar la calma, la empatía, la amabilidad, la aceptación y la compasión. Permite ver al otro más claramente y actuar en resonancia. 

Fomenta el bienestar psicofísico general y permite establecer una relación diferente con lo que ocurre, más comprensiva y serena.

La práctica sostenida de Mindfulness fortalece la perseverancia. Aprendemos que al enfocar nuestra atención en la respiración o en la técnica elegida, nos distraemos a los pocos segundos, y gracias a ello tenemos la oportunidad de ejercitar la atención de nuevo. La perseverancia nos ayuda a comprender que una y otra vez aparecerán retos y junto con ellos formas de superarlos y seguir creciendo y madurando.

El mindfulness es una forma de dar sentido a nuestra vida. El sentido ya estaba ahí, pero es afinando la atención cuando lo descubro.

¿Quién no es adicto?

Hoy quería compartir con vosotros este texto de Jeff Foster sobre la adicción. ¿Quién de nosotros no es adicto?:

Durante los últimos años he hablado con cientos de personas de todo el mundo que se autodenominan “adictos”. Seamos claros, no sólo los “adictos” son adictos. Todos somos adictos de diferentes maneras, al trabajo, al alcohol, a la pornografía, al juego, al sexo, al poder, a tener siempre la razón, a probar nuestra valía, a revisar nuestro correo electrónico cada 5 minutos.

Incluso, podemos hacernos adictos a las enseñanzas espirituales, a la meditación, a los gurús, a los retiros, a libros, a los satsangs. Pero la raíz de toda adicción es la misma – nuestra adicción hacia nosotros mismos. Nuestra adicción a mantener y a nutrir “mi” historia. Y subyacente a esto, nuestra adicción a salir de este momento, a escapar de las molestias buscando alguna clase de liberación. Nuestra adicción hacia el momento siguiente…IMG_5199.JPG

Recuerdo que de pequeño regresaba de la escuela sintiéndome a veces solo, triste e incomprendido, probablemente después de haber sido intimidado por mis compañeros o después de que se burlaban de mí en el autobús de la escuela. Llegaba directamente al refrigerador o a la despensa y, cuando nadie me observaba, me devoraba cualquier bocadillo que pudiera encontrar. La comida hacía que mi tristeza se fuera, o así parecía. Por unos pocos y preciosos instantes me sentía reconfortado, satisfecho, lleno – ya no había ese vacío en mí ni me sentía incompleto. Aparentemente la comida hacía que mi “hambre” desapareciera. Había llenado el vacío. Y mi estómago…

En realidad no quería comida, por supuesto, sino amor y aceptación. Comía para que el dolor de vivir desapareciera. Incluso a esa temprana edad, ¡comía para vivir! Pero, por supuesto, no tenía forma de articular esto en ese momento. ¡Simplemente me sentía hambriento! sólo tenía la urgencia de comer. No era realmente comida lo que yo quería – era amor, y vida. Tenía deseos de sentirme vivo. Estaba intentando y fallando al comerme la vida. Estaba tratando de comerme a mí mismo.

Ésta era un hambre cósmica, un anhelo muy profundo de ser tomado en cuenta, de ser incluido, de ser visto, de ser validado. Y si los otros no podían hacerlo, tal vez los chocolates sí. Todo eso era una expresión de una profunda hambre por la vida, hambre de recordar lo que yo era realmente – ese vasto océano de consciencia en donde las olas de pensamiento, sensaciones y sentimientos tienen absoluta libertad para surgir y desaparecer. Yo estaba ignorando mi verdadera adicción – con el deseo de recordar lo que yo era me estaba volviendo falsamente adicto a algo. Me tomó años y años darme cuenta de esto y empezar a enfrentar mi dolor en lugar de huir de él, a recordar en lugar de olvidarme de mí mismo, a descubrir que eso que realmente soy, jamás podría ser adicto a nada.

Más tarde, mis adicciones cambiaron hacia otros objetos y hacia otras personas y después, finalmente, todo este asunto se proyectó hacia mi búsqueda por la iluminación. La iluminación se convirtió en el objeto de adicción final. Vivía y respiraba enseñanzas espirituales hasta que empezaron a generar efectos secundarios. Pero no estuve satisfecho hasta que todo ese ciclo se rompió, justo en donde había comenzado.

Como individuos, todos somos adictos, en el sentido en que huimos del momento presente en cierto grado. Todos evitamos pensamientos y sentimientos, tratamos de no sentirlos, los ignoramos, nos distraemos de ellos, nos medicamos o meditamos o nos vamos de compras. Por un instante, pareciera como si la comida, el alcohol, el sexo, el gurú, la droga, la fama, tuvieran el “poder” de eliminar la tristeza, el dolor; el sentimiento de soledad, de vulnerabilidad y de aislamiento, y por último, la muerte misma.

Pareciera como si la persona, el objeto o la sustancia tuviera el poder de “arreglar” la vida. Pero, por supuesto, pronto el “efecto” desaparece, el “subidón” desaparece y luego viene una especie de bajón, una especie de culpa y todas esas olas rechazadas y no deseadas regresan, algunas con mayor intensidad, y estamos de vuelta en esa fuerte identificación.  Y después se nos antoja todo de vuelta. Posteriormente sentimos una mayor necesidad de la persona o de la sustancia. Y el ciclo continúa. ¿Qué es lo que rompe el ciclo?

RECONOCER NUESTRO MALESTAR EN LUGAR DE HUIR DE ÉL, aunque suene muy descabellado. Ahí es en donde el ciclo puede empezar a romperse. Entrar en comunión con esas olas antes rechazadas y darnos cuenta que todas ellas tienen un hogar en nosotros – la tristeza, la soledad, el miedo, la vulnerabilidad. Como el océano de la consciencia, somos lo suficientemente vastos para aceptar cada una de ellas.

Tienen permiso para llegar a nosotros, pero no pueden definirnos. Y así, enfrentar nuestros impulsos en lugar de evitarlos, encontrando una forma de estar con nosotros mismos en el ahora sin tener que movernos hacia un “futuro”. Así es como el mecanismo de la adicción puede empezar a disolverse.

Normalmente cuando surge algún impulso o urgencia, o tratamos de ignorarlo, tratamos de no sentirlo, o bien, actuamos sobre él. Solemos juzgar el impulso como malo o erróneo o incluso “enfermo”. Sin embargo, hay un punto medio – el encuentro del que yo hablo, esta profunda aceptación, este “estar con”, sin una agenda. Encarar el impulso o la urgencia hace que ésta desaparezca y se rinda sin tiempo, y además, sin daño. Sentarse con la urgencia, dejando que se queme, permitiendo que esté allí con toda su intensidad, y después observar cómo todos esos pensamiento e imágenes surgen – ya sabes, la imagen de un delicioso pastel de chocolate, de una cerveza; esa película del pensamiento en donde te ves felizmente comiendo o bebiendo, de cuando tus problemas han desaparecido, esas películas de una liberación y una salvación inminente, de amor, de paz – y permitiéndoles estar ahí también. Y estar ahí con todas las sensaciones que surgen, incluso las incómodas.

Y después también permitir la ira – con esa extraña superstición primaria de que si permitimos que la urgencia permanezca ahí terminaremos “actuando en consecuencia”, o que nos quedaremos “atascados” y nunca saldremos de ello, o que simplemente nos vencerá. Todos los juicios rondando. Sintiendo que necesitamos de inmediato “hacer algo” sobre esa urgencia. Y, después de todo esto, recordarte como ese amplio espacio abierto, el vasto océano de la vida en donde todas las olas ya han sido aceptadas. Y saber, después, que ninguna cantidad de alcohol, sexo, drogas, chocolate, palabras, imágenes o sentimientos puede generarte una profunda aceptación en este momento – porque eso es lo que tú ya eres y lo que siempre has sido. Aquello que tanto deseas, en un nivel más profundo,  ya está aquí. Tú ya eres eso que buscas, como todas las enseñanzas espirituales a través de los años nos han estado recordando.

Lo único que estamos haciendo es buscarnos a nosotros mismos, en millones de formas diferentes, y el chocolate o el alcohol o los casinos nunca han tenido el “poder” de llevarnos de vuelta a casa, nunca. Nuestros gurús nunca han tenido el poder que nosotros proyectamos en ellos.

Perdemos la fe en los gurús del cigarro y del alcohol, y regresamos a nosotros, confiando profundamente en nuestra propia experiencia una vez más, en una forma en que nunca pudimos hacer cuando éramos pequeños.

La adicción se deshace desde dentro. Ya que lo que somos está naturalmente en paz, naturalmente no-adicto, naturalmente completo, sin la necesidad de gente externa u objetos que lo complementen. Es aquí donde el círculo de la adicción – que es el ciclo del ser – puede ser roto, justo donde empezó. Esta es la exploración que toda adicción e indudablemente todo sufrimiento nos invita a hacer, independientemente de que nos veamos a nosotros mismos como “adictos” o no.

Jeff Foster

Texto encontrado en el blog compartiendoluzconsol.wordpress.com

Cuándo me amé de verdad

Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y, entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene nombre…
…Autoestima.

Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es…
…Autenticidad.

Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente, y comencé a ver que todo lo que acontece contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama…
…Madurez.

Cuando me amé de verdad, comencé a comprender por qué es ofensivo tratar de forzar una situación o a una persona, solo para alcanzar aquello que deseo, aún sabiendo que no es el momento o que la persona (tal vez yo mismo) no está preparada. Hoy sé que el nombre de eso es…
…Respeto.

Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama…
…Amor hacia uno mismo.

Cuando me amé de verdad, dejé de preocuparme por no tener tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé, que eso es…
…Simplicidad.

Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón y, con eso, erré muchas menos veces. Así descubrí la…
…Humildad.

Cuando me amé de verdad, desistí de quedar reviviendo el pasado y de preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama…
…Plenitud.

IMG_2365.jpg

Cuando me amé de verdad, comprendí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, es una valiosa aliada. Y esto es…
…¡Saber vivir!

No debemos tener miedo de cuestionarnos… Hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.

C. Chaplin