Papá es importante

La presencia del papá es muy importante para la mamá y la familia

La familia necesita que el papá, sobretodo hasta los dos años del bebé, actúe como un soporte emocional de la mamá. Cuando las mamás nos sentimos sostenidas y cuidadas estamos en equilibrio para sostener, nutrir y cuidar al bebé. Las mamás tenemos un embarazo de nueve meses intrauterinos y de otros nueve meses extrauterinos. Por eso parece que el papá no tiene su sitio durante ese tiempo, porque mamá y bebé están fusionados sanamente. El bebé cree que él es mamá y la mamá vive de forma espontánea una “locura temporal de fusión” para que pueda cuidar, proteger y adivinar los deseos y necesidades del pequeño.

Esta locura temporal necesita de la ayuda del papá para que no se quede más tiempo del debido. La mejor ayuda durante los dos primeros años no es que el padre críe al bebé, que sea “otra mamá” sino que esté disponible para la mamá, con abrazos y caricias no sexuales. El pequeño la necesita a ella, necesita ese vínculo especial. El vínculo con el resto de personas aparecerá un tiempo después. La mamá cuida del bebé, el papá cuida de ella.

Y este periodo es muy difícil para los papás, pues si desconocen lo que es normal y saludable, pueden interpretarlo como que la pareja se rompió, que la mujer ya no le quiere, y en vez de estar preparado para cuando vuelva su papel activo con el hijo, desea marcharse lejos y se muestra ausente y dolido

El padre, además de actuar como soporte emocional de la madre, cumple una función imprescindible de estructuración del Yo del hijo, puesto que representa la separación de la díada madre-niño. La función paterna permite al hijo individualizarse separándolo de la madre. Salva a la madre de su “locura temporal de fusión”, volviéndola a convertir en madre-mujer, y no sólo mamá. Convierte al pequeño en una persona diferente a la madre, en un ser social. 

La ley paterna, le permite su relación con los demás, entendiendo que no se puede tener todo lo que se desea ni en el momento que se desea. 

La función de la madre es fusionarse, nutrir, sostener y adivinar los deseos y necesidades del hijo. El padre es quien pone la “racionalidad” y  los “no se puede”, ayudando así  al hijo a no sentirse frustrado en la vida, puesto que el día a día y el resto de las personas no le tratarán como su madre.

Los límites que establece  la función paterna determinarán su capacidad de adaptación y de plasticidad para adecuarse a distintos momentos y situaciones. Cuando esta ley no está debidamente instaurada, o la madre no ha permitido al padre ejercer su papel, pueden aparecer adicciones, psicosis, psicopatías, trastornos de alimentación, de sueño,  problemas de conducta y aprendizaje en la adolescencia

Pero para que papá pueda hacer su función con su hijo, mamá ha de permitirlo exterior e interiormente.

Las mamás hemos de decir interiormente “está bien hijo que vayas con papá”, “está bien que seas como él”. Los hombres no tienen porqué ser como nosotras.

Es decir, la función del padre tiene dos tiempos: 

El sostén de la madre entre los cero y los dos años

Ayudar a la separación de la fusión, después de los dos años del niño, que coincide con el momento en que el niño empieza la separación emocio­nal de la mamá construyendo su propio yo. 

“El padre está en segundo lugar. Pero hoy día los padres están muchas veces excluidos, y el padre que está excluido pone triste a la madre, la hace infeliz. Para que la madre sea feliz ella tiene que respetar y amar al padre y eso no siempre es muy simple porque los hombres son distintos, los tenemos que amar así como son: distintos. Y los niños necesitan al padre, porque para la felicidad es necesario que ellos puedan tener al padre. Entonces niños felices son aquellos que son mirados por la madre y, la madre a través de este niño ama también al padre; y el padre mira a los hijos y a través de ellos ama también a la mamá. Ese tipo de niños son felices”.                                                                                                                        Bert Hellinger.

La paternidad es una función insustituible y esencial. Se está viviendo la “desculturación de la paternidad”  dice David Gutmann: muchos padres intentan adaptarse a los tiempos feminizándose, adoptando las cualidades deseables que normalmente se atribuían al sexo femenino, sintiendo que han de pedir perdón por su masculinidad, como si ésta fuera negativa o disfuncional, sin darse cuenta de que hay maneras integradoras y valiosas de ser hombre sin renegar de su esencia

Pero lo que el niño necesita de su padre es que sea “la no-madre”, pues su función paterna es imprescindible. El padre concede al hijo un sentimientos de seguridad y de saberse otro diferente e individual frente a la madre

Es importante que la mujer permita que los hombres colaboren desde sus pautas masculinas de actuación. Así la mujer se liberará de muchas cargas, dando un importante ejemplo a los hijos, favoreciendo el equilibrio de las energías masculinas y femeninas en la familia, enriqueciendo su personalidad.

La función del padre no es igual que la de la madre. El padre puede ser empático, escuchar, ser amoroso, pero también incitar al hijo a superar los obstáculos, a atravesar los miedos, a ser fuertes frente al dolor de la vida, a tener disciplina y responsabilidad.

Los niños que se han beneficiado de la presencia de un padre que “les ha mirado con buenos ojos”, que ha estado interesado en su vida académica, emocional y personal, tienen mayores cocientes intelectuales, son más sociables, con mayor autocontrol. Presentan menos problemas en la adolescencia, con una autoestima sana y una adecuada empatía y compasión. Y cuando tienen sus propias parejas, tienen relaciones más estables

Dice María Calvo Charro : ser padre lleva tiempo; la paternidad es un papel en el que los hombres crecen gradualmente. La paternidad es verbo (“fathering”), no sustantivo.  Padre es aquel que se ocupa del hijo, con el que crece y se identifica. El padre concede al hijo un sentimiento de seguridad y de alteridad frente a la madre.

El padre actual, que lucha por ejercer correctamente su función paterna, es pospatriarcal y posfeminista, nuevo y diferente, adaptado a las exigencias laborales y sociales del tiempo en el que vivimos, y al nuevo modelo de madre, en la mayoría de las ocasiones también incorporada al mundo laboral. No es ya únicamente el proveedor financiero sino mucho más. Un padre que entra en la médula del hogar y concilia vida familiar y profesional para que su mujer, en el pleno ejercicio de su libertad, pueda también disfrutar de ese equilibrio personal si así lo desea. Un padre capaz de examinar y cambiar sus prioridades, valores y compromisos cuando nace su primer hijo. Un padre que hace de la paternidad su absoluta prioridad en la vida. Un padre que no “colabora” como un mero asistente, sino que participa plenamente en un área que le pertenece en igualdad de condiciones con la mujer. El padre “nuevo” no rechaza en su totalidad la herencia del pasado, sino que incluye salvar lo valioso, que indudablemente había, atributos atemporales y universales propios de la masculinidad-paternidad, en su configuración.


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