Hambre de felicidad

La experiencia de hambre puede existir incluso cuando no existe la necesidad de comida. Cuando la mente  y las emociones están satisfechas, el cuerpo deja de ansiar demasiada comida. La vida gira en torno a la satisfacción, en un deseo profundo de encontrar la felicidad, más allá del mero placer y la evitación del dolor 

Parece paradójico que para comer menos y perder peso, tenemos que llenarnos. Si nos llenamos de satisfacciones la comida deja de ser un problema. Para poder “llenarnos” hemos de nutrir nuestro cuerpo con comida sana, que no significa comida de dieta. También necesitaremos nutrir nuestro corazón con alegría, con amor y grandes dosis de compasión. Y no nos olvidemos de la mente, que requiere nutrirse de nuevos conocimientos y pasiones, mantenerla despierta y activa para que no caiga en la pereza y se llene de pensamientos obsesivos, al igual que nuestro espíritu necesita que nos mantengamos atentos, conscientes a través de la meditación, para poder servirnos de guía.

Cuando no atendemos nuestras necesidades más humanas, pasamos a satisfacer y compensar esas necesidades con comida, y el placer de comer deja de ser un placer entre muchos para convertirse en el centro de nuestras vidas.  Todos necesitamos sentirnos seguros y a salvo, queridos y valorados, nutridos a muchos niveles, y sintiendo que nuestra vida tiene importancia y sentido. 

Cuando no soy consciente de que no me siento seguro puedo emplear  la comida para aletargarme, y gracias a ese embotamiento temporal conseguir un sustituto de la sensación de calma que anhelo. Igualmente puedo buscar lo reconfortante de sentirse amado y parte de algo a a través de la comida, o tapar el vacío existencial “rellenándolo en mi estómago”, y así durante un buen rato puedo ignorarlo

En su estado natural el cerebro controla el hambre automáticamente. Si el azúcar baja por debajo de un nivel se envían mensajes al hipotálamo , responsable de regular el hambre. Este segrega hormonas para que sintamos hambre, y cuando hemos comido lo suficiente las hormonas disminuyen, haciendo que ya no tengamos hambre. Pero en los humanos, nuestra mente y nuestras emociones alteran la percepción de estas señales. 

Por ello es tan importante preguntarme aquí y ahora ¿de qué tengo hambre?: Con esta pregunta, si afinamos la escucha, podremos encontrar varias respuestas:

Tengo hambre de comida

Quiero llenar un vacío emocional

Quiero llenar un vacío mental (quizá una baja autoestima, mala imagen corporal, sensación de fracaso, frustracción…)

Quiero llenar un vacío de mi alma

Podemos abrirnos paso en la niebla de la adicción a la comida viendo de qué tenemos hambre. De este modo ponemos en marcha el proceso para llegar a ser felices, que consiste en ser conscientes de lo que está pasando ahora realmente. Entonces nuestra consciencia nos dirá si queremos confort, seguridad y protección, amor y afecto, sentimiento de pertenencia, logro, éxito, auto-realización, mejor autoestima, canalizar nuestra expresión creativa, conectar con el sentido y propósito de la vida…

Podemos proponernos valorar cómo de satisfechas sentimos que tenemos cada una de estas necesidades. Cómo la atendemos y de qué manera podríamos satisfacerla mejor

Una vez que identificamos lo que necesitamos y sentimos, podemos decidir cómo vamos a expresar esas necesidades directamente, en vez de encargar a nuestro cuerpo que lo haga por nosotros. Cuánto más cultivemos la observación de nuestros pensamientos y emociones  y la responsabilidad de cuidar las necesidades internas, con menos probabilidad hablaremos el lenguaje de la compulsión a comer 

Cuando aparecen problemas con la comida, convendría reflexionar sobre qué estado de ánimo nos provoca el hambre o la inapetencia; qué deseos, ambiciones, decepciones o fantasías se ocultan tras esos actos que nos llevan a deglutir o a rechazar el alimento. Es inútil perder el tiempo y las energías controlando obsesivamente la dieta, cuando el peso del conflicto se desarrolla en el mundo de los afectos. En muchas ocasiones comer se convierte en una metáfora entre la forma en que vivimos y la manera en la que gestionamos nuestras emociones. 

Saciar nuestra hambre emocional conlleva un provechoso  pero intenso viaje a nuestro interior donde comprender y desenmarañar nuestra relación con la comida, con nuestros afectos y emociones, con nuestro cuerpo, con el amor, con la vida.

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