¿Por qué medito?

¿Por qué meditamos?¿Qué buscamos exactamente?

Creer que meditamos sólo para sentirnos bien es un error. Meditar nos conecta en muchas ocasiones con nuestro dolor psicológico. La meditación nos muestra tal y como somos, nuestras luces y sombras, nuestras partes sabias y las confusas. 

Meditar nos ayuda a aceptarnos enteramente tal y como somos, a mantener una relación sincera con nuestra persona y sus sombras. 

Sólo cuando nos relacionamos con nosotros mismos sin moralizar, sin dureza y sin engaños, es cuando podremos transformar los aspectos que queremos cambiar. Querer mejorar sin aceptarnos verdaderamente solo trae resultados temporales. La transformación surge tras honrarnos tal y como somos, mirándonos con sabiduría y compasión.

Estamos programados para no tolerar el malestar, para buscar el placer y evitar el dolor. Desarrollamos habilidades para huir de lo incómodo, y nos hacemos adictos a sustancias y conductas para no sentir. Empleamos la comida para calmarnos, o nos vemos una temporada completa de una serie para no estar con lo que nos agobia. 

Animarnos a sentir nuestra propia vulnerabilidad es algo nuevo para nosotros, un potente antídoto difícil de incorporar en nuestras habilidades, pero gracias a la meditación aprendemos a hacerlo.

Meditar es el método para cultivar una incondicional amistad con nosotros mismos, y como dice Pema Chodron, “para abrir la cortina de la indiferencia que nos separa del sufrimiento de los demás”

Cuando meditamos se cultivan cuatro cualidades fundamentales: la firmeza, vernos con claridad, sostener la agitación emocional y vivir en atención plena.

La firmeza

Cuando practicamos la meditación reforzamos la capacidad de ser firmes con nosotros mismos, de ser leales a  las experiencias que vivimos. Se nos anima a meditar a diario, aunque sea por un breve espacio de tiempo, para cultivar esa firmeza: nos sentamos a meditar en cualquier tipo de circunstancia: estando sanos o enfermos, de buen humor o tristes, los días en los que nos sentimos más espirituales y los días más densos. Y con la practica vamos descubriendo que la meditación no consiste en entender o en alcanzar un estado ideal, sino en poder estar presentes con nosotros mismos.

Un aspecto de la firmeza es ser consciente de nuestro cuerpo. Cuando te sientas a meditar es importante relajarte en tu cuerpo, entrar en contacto con lo que está sucediendo dentro de él, habitarlo por completo.

En la meditación descubrimos nuestra inherente agitación. Unas veces queremos levantarnos, dejar de meditar. Otras conseguimos estar sentados pero nuestra mente viaja lejos. En ocasiones nos sentimos tan molestos que nos parece imposible seguir meditando. Y estas sensaciones no sólo nos enseñan a algo de nosotros mismos o un rasgo de nuestro carácter  sino de lo que significa ser humano. Ninguno de nosotros desea permanecer en lo incómodo, en la desnudez del presente. Estar presentes nos cuesta muchísimo. Y en esos casos, sólo la suavidad y el sentido del humor nos da la fuerza para tranquilizarnos.

Meditando aprendemos que la instrucción más importante es “!Sigue…sigue…sigue…sigue estando contigo mismo!”

Siempre que nos distraigamos hemos de animarnos con suavidad a “seguir estando con nosotros mismos” y a tranquilizarnos: ¿Te sientes nervioso? Sigue…, ¿las rodillas te duelen?Sigue…, ¿las preocupaciones te invaden? sigue…, !No puedo soportarlo más!! Sigue…Así es cómo cultivamos la firmeza

Vernos con claridad

Con la meditación aprendemos a volver a este momento, a estar aquí en el presente y ser honestos con lo que encontramos. Percibimos nuestra claridad y nuestra confusión tal y como son. No intentamos desprendernos de los pensamientos, sino que al etiquetarlos como “pensamientos” cuando la mente se distrae, vemos con claridad nuestros mecanismos de defensa, las ideas negativas que tenemos de nosotros mismos y los demás, nuestros deseos y expectativas. Vemos también la bondad, el valor y sabiduría que hay en nosotros.

Al practicar la técnica de ser conscientes con regularidad, ya no podemos escondernos de nosotros mismos. 

Sostener la agitación emocional

Tenemos la tentación de emplear la meditación como un medio de huir de las emociones problemáticas, como una forma de alejar la negatividad. Sabemos que hemos de estar abiertos a cualquier cosa que surja, pero sentimos el impulso de emplear la meditación como una herramienta de represión de lo que no queremos sentir ni ser.

Pero, como expresa Pema Chodron, la transformación de lo que no deseamos sólo ocurrirá cuando aceptemos respiración tras respiración, día a día, año a año, acercarnos a la agitación emocional que sentimos sin condenar o justificar nuestra experiencia.

No permanecer con nuestra energía emocional es un hábito humano común. Dejarnos arrastrar por nuestras emociones o reprimir los pensamientos son tácticas que usamos para huir del dolor emocional que sentimos. Pero la sabiduría es inherente a las emociones, y cuando luchamos contra ellas, rechazamos la fuente de sabiduría que hay en nosotros. Tomar consciencia y aceptar lo que hay es la puerta de la expansión de la conciencia

Vivir en atención plena

En la meditación cultivamos la habilidad de estar atentos a cada momento, elegimos estar plenamente aquí. 

Estar atentos a nuestra mente y nuestro cuerpo en este momento presente es una forma de ser afectuosos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo. 

Volver al momento presente requiere de un ligero esfuerzo que se va trabajando y fortaleciendo, al igual que hacemos con nuestros músculos en un gimnasio. A veces descubrimos que nuestros pensamientos nos gustan tanto que no queremos dejar que se vayan, y sentimos que nuestra película interior es muy interesante o que nuestro mundo de fantasía es tremendamente seductor. Por ello aprendemos a esforzarnos con suavidad, aprendemos a cultivar la autocompasión para volvernos al momento presente. Al no bloquear nada adrede, al sentir directamente nuestros pensamientos y dejar que se vayan con una actitud de no darles importancia, descubrimos que nuestra energía original es tierna, sana y fresca

 

Inspirado en el libro de Pema Chodron “Los lugares que te asustan”

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